Al trabajo del comunicador con frecuencia se le divide tajantemente en ficción o documental, si se tratase del primer caso se dice que es un artista y en el segundo se trata de un documentalista. Ya desde el siglo XIX la comunidad literaria europea se debatía entre realistas y románticos sin llegar a ningún acuerdo. Escritores como Oscar Wilde condenaban el arte realista de su época y defendían a la mentira, es decir, la ficción como arte, ciencia y placer social.
En pleno siglo XXI el debate no puede estar más vigente, lo mismo sucede para el escritor, el cineasta, el reportero o el fotógrafo. Concretamente, en la fotografía –concebida para retratar la realidad– el debate entre la ficción y documento nunca ha desaparecido, desde Robert Capa en el Soldado republicando herido de muerte hasta el absurdo en la obra de David Lachapelle.
En realidad, arte y documento no son incompatibles, como tampoco lo son información y discurso, basta con observar la fotografía de nota roja en los diarios mexicanos de principios de siglo que reconstruían escenas para ilustrar las notas como el asalto a un banco o una pelea en un bar.
Es mentira que la fotografía construida –todas lo son en mayor o menor medida– sea exclusiva de la publicidad o la moda, también es un discurso, una editorial o una columna. Percibir una idea a través de una imagen, en un vistazo, es el lenguaje con que nacimos, nosotros, los posmodernos.
Esta es la idea fundamental que guía mi investigación de tesis y mi siguiente proyecto fotográfico, un trabajo que busca retratar, reconstruir e informar un tema poco difundido en los mass media y mucho menos en las charlas de sobremesa, me refiero a aquellas personas desaparecidas durante los setenta en América Latina, aquellos que todavía hoy reclaman sus familiares.
Espero mostrarlo pronto y que la imagen hable más que mil palabras.
